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Pensando en la felicidad

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Pensando en la felicidad

dedos felices

La felicidad es el objetivo teleológico del ser humano, una aspiración que refleja el progreso social y la madurez emocional individual, pero ¿qué significa ser feliz? Filósofos y científicos han procurado dar una respuesta sensible a ésta pregunta, quizá una respuesta que se aproxima al significado de la felicidad es: un estado de bienestar caracterizado por emociones que van desde el júbilo hasta la experiencia de total satisfacción.

En las últimas décadas la felicidad ha cobrado mayor importancia en las agendas nacionales, en parte gracias al informe de felicidad que realiza la Organización de Naciones Unidas dónde se miden los niveles de felicidad social en 104 naciones del mundo¹. En parte por las aportaciones del sector productivo que en los últimos veinte años que ha confirmado que la productividad y la creatividad tienen una estrecha relación con la felicidad, lo que ha motivado aún más investigación.

La investigación sobre la felicidad ha generado un buen número de teorías sobre lo que significa la felicidad, sus manifestaciones y la forma de medir adecuadamente la felicidad. Martin Seligman² propone una fórmula tremendamente simple para medir la felicidad:

H = S + C + V

Dónde H (felicidad) es igual al coeficiente de felicidad genéticamente heredado (S) más las circunstancias de vida (C) tales como el carácter individual, autopercepción, temperamento, depresión y calidad de sueño, más (V) las actividades intencionales o voluntarias de vida³. Según Sonja Lyubomirsky la felicidad de un individuo estará determinada de la siguiente forma:

H = S(50%) + C (10%) + SA (10%)* + V (30%)

* SA equivale al aspecto individual según lo percibe el sujeto (Auto percepción), índice de belleza, galanura…

El marco de la felicidad, entonces, parece encerrar un carácter determinista e innato que excede el control del individuo y trasciende, al mismo tiempo, su entorno y/o condición social; en términos del paradigma propuesto sólo nos corresponde elegir las actividades que desempeñamos y procurar el máximo grado de satisfacción al realizarlas, ya que de ello depende nuestra felicidad, sin embargo, cabe explorar otros aspectos.

De la Supervivencia a la Riqueza

Nuestras necesidades y nuestros deseos, a menudo, no empatan, cuándo una persona se encuentra en la búsqueda de los más básicos satisfactores, llámese comida, vestido, etc., la felicidad pasa a un segundo plano (al ser considerada como una necesidad social), hasta que nuestras necesidades fisiológicas básicas están satisfechas podemos hablar de satisfacer cualquier necesidad social y de estima, es decir, ser felices.

Las personas que enfrentan inanición, aislamiento, peligro inminente, no pueden percibir ninguna medida de felicidad, sin embargo en los últimos doscientos años el desarrollo social ha generado situaciones de estabilidad que nos han hecho dar mayor importancia a situaciones accesorias a nuestra propia supervivencia. Se han enfatizado valores como la libertad, la calidad de vida y el poder de elegir. La asociación, casi automática, que realizamos es que el dinero, como medio para la procuración de bienes (que a la vez nos procuran comodidades) genera un mayor índice de felicidad, sin embargo, contrario a lo que se podría percibir, la riqueza, la acumulación de bienes materiales y/o capital no es directamente proporcional al índice de felicidad, ni individual ni colectivamente.

Si bien es cierto que aquel que logra escapar la condición de pobreza es más feliz, aquel que no padece de pobreza (y tiene sus necesidades básicas cubiertas) no necesariamente será más feliz percibiendo más dinero, lo cual es cierto para prácticamente todos los niveles de la clase media, los expertos le denominan “Hedonic treadmill” (la caminadora hedonística), la parábola interminable de la clase media, que gana un poco más y gasta un poco más, trabaja más duro para adquirir nuevos bienes que le brinden “confort” y vive cada vez en menor confort y con menos tiempo para disfrutar lo que tiene.

El que más tiene más quiere, ésta fijación, casi obsesiva, por adquirir bienes materiales o, peor aún, por la mera posibilidad o no de adquirir tales satisfactores (acumulación por el sólo hecho de acumular) conduce a un paradigma de aislamiento y desvalorización de la propia condición humana al dar una mayor importancia y utilidad a la posesión de bienes y/o capital, dejando de lado cualquier afiliación, amistad, vínculo sentimental, etc.

Lo más irónico es que el gusto por un objeto, sea cual sea su precio y/o valor simbólico, tiende a ser bastante corto, variando de persona en persona puede durar entre semanas y meses, hasta llegar al punto en que las posesiones se convierten en parte de la cotidianidad y por lo tanto pasan a un segundo plano, a menudo al ser sustituido por otros objetos. Incluso la percepción que se tiene, de forma personal, sobre el ingreso ha demostrado no ser un factor determinante en la felicidad de una persona. Es decir, una persona que percibe un salario alto no es necesariamente más feliz que la que percibe un salario bajo.

Nuestra obsesión por la riqueza, entendida como la acumulación de bienes materiales y capital, se explica desde una perspectiva de evolución social más como la búsqueda (competitiva) de una “ventaja posicional” frente al otro, ya sea que el otro sea una persona en concreto o no. La felicidad en ésta instancia viene de “saberse” un peldaño más arriba de “todos los demás”, sin embargo, también se convierte en una felicidad transitoria que funciona únicamente al compararse con el “otro”.

Fe, libertad y elección

Hablar de creencias religiosas es equivalente a caminar sobre un lago congelado, depende del ambiente, dicho esto, existen estudios que establecen que los sistemas sociales de “profundas raíces religiosas” generan individuos con menor libertad y elección, ya que éstos dejan una considerable cantidad de sus elecciones a la “suerte, el destino o Dios”, curiosamente éstas personas tienen (marginalmente) una mayor probabilidad de felicidad transitoria al “desprenderse” de la responsabilidad o la carga sobre sus acciones.

Por el contrario, las sociedades que han experimentado un proceso de desarrollo-democratizador, generan individuos con una mayor apreciación por su propia condición de libertad en general y su libertad de elegir. En éste paradigma la elección genera una mayor infelicidad al someter al sujeto a la ponderación, casi arbitraria, de optar por uno u otro objeto con características casi idénticas. La sensación de haber “elegido bien” generará una transitoria infelicidad, aún mayor, a la imposibilidad de elección de la sensación de tener que conformarse con lo que hay.

Un viejo adagio anglosajón reza: “pain is inevitable, but suffering is optional” (el dolor es inevitable, pero sufrir es opcional). La diferencia entre los dos conceptos es sutil pero determina el índice de felicidad al que podemos aspirar. Por ejemplo, un sujeto es diagnosticado con un quiste benigno y deberá ser sometido a una intervención quirúrgica, no es lo mismo que su reacción sea: “…¿por qué a mí?, me podría morir en el quirófano…”o la más positiva: “…es bueno que lo remuevan ahora y así evitar futuras complicaciones…”.

La vida está compuesta de una serie de elecciones trascendentales e inconsecuentes, algunas son tan simples como elegir que comer, beber, vestir y van escalando hasta optar por asumir una actitud u otra, al final todo se trata de elegir, pero elegir se puede convertir en un tormento cuándo involucra elegir “definitivamente” (para siempre), cuándo se trata de elegir a qué dedicarnos, una carrera, a nuestra pareja en matrimonio, el auto que compraremos, la casa, etc. Cuándo nuestra elección acarrea consecuencias que tendremos que afrontar.

Al momento de elegir es natural que procuremos la elección que traerá consigo mayores beneficios, sin embargo, elegir es un proceso cognitivo complejo que requiere de cierta reflexión, sobre todo en nuestros tiempos dónde existe una gama tan amplia de opciones tan similares. La primera y más dramática consecuencia de tener tantas opciones es la “parálisis de la elección”, el “impasse” que se produce al momento de ser abrumados por la carga y la responsabilidad inherentes al proceso de elección que se traduce en la postergación perpetua de la elección por temor a equivocarnos.

Según Barry Schwartz, otro efecto de tener tantas opciones es que aun cuándo se logre superar la parálisis y se tome una decisión el sujeto terminará insatisfecho por haber dejado todas las demás opciones, ya que mientras más opciones existan mayor será el sentimiento de arrepentimiento y decepción transitoria sobre la elección realizada4.

La Síntesis de la felicidad

El término acuñado por Dan Gilbert es, en realidad, “la felicidad sintética” y se refiere a la felicidad que nos “inventamos” ante el prospecto de no  satisfacer nuestros deseos. Según Gilbert ésta “felicidad inventada” es tan significativa como la “felicidad natural” que habríamos obtenido en caso de haber obtenido “exactamente” lo que deseábamos ya que actúa como un mecanismo de defensa que nos previene de padecer un “dolor recurrente” ante el prospecto del fracaso y/o la decepción de no haber alcanzado a satisfacer nuestros deseos.

La felicidad en éste punto tiene más relación con “ser feliz con lo que se tiene” y no con lo que se quiere, pero ¿es ésta felicidad una felicidad falsa? No necesariamente, la síntesis de la felicidad es un estado de satisfacción construido por el sujeto que genera actitudes positivas frente a situaciones que bien podrían generar mucha negatividad, es una forma de aminorar la carga ante una decepción o afrontar una mala elección, lo que no la convierte en buena o mala, sólo en un mecanismo de defensa para afrontar la realidad y en términos llanos “ponerle buena cara a una mala situación”.

La felicidad y la edad

En términos generales mientras más joven es una persona asocia la felicidad con la emoción, mientras que las personas más maduras la asocian con la tranquilidad, según los expertos el cambio ocurre al establecerse un mayor número de conexiones con otros, al mismo tiempo que el cerebro enfrenta distintas etapas de desarrollo hasta encontrar un “equilibrio”.

Otro de los indicadores, por increíble que parezca, tiene directa relación con la condición física del sujeto en un momento dado de su vida, por regla general mientras más saludable se perciba a sí mismo un sujeto mayor será su índice de felicidad, así, encontramos que éste indicador se vuelve más relevante a medida que el individuo madura. Un anciano que se percibe a sí mismo como enfermo es más probablemente una persona infeliz.

La felicidad es un recuerdo alterado

Es curioso pero, al recordar momentos felices, nuestra mente nos engaña, ya que omite detalles emocionales aburridos, molestos y demás para concretar el recuerdo en una “cápsula perfecta de felicidad”. El cerebro rellena los espacios y hace perdidizos los instantes que no tienen relación directa con el “evento que genera felicidad”, así, podemos recordar haber asistido a tal o cual concierto y no habernos formado por horas bajo la lluvia o el sol abrazador, haber sentido hambre, náuseas o ganas de irnos, frío o calor, incomodidad, sólo el recuerdo de haber asistido al concierto y haberla pasado bien.

Lo que recordamos del pasado y lo que proyectamos hacía el futuro guardan una estrecha relación con el estado que tenemos en el momento de proyectar la emoción, dicho de otra forma, la historia que nos contamos tiene que ver con el estado de ánimo que guardamos cuándo nos contamos la historia, quizá por esto la búsqueda de la felicidad resulta tan compleja, somos incapaces de predecir nuestro futuro emocional lo mismo que contar, con precisión, nuestra historia de vida, entonces, ¿es posible ser más feliz?

Reduciendo la infelicidad

Frecuentemente los estudios realizados sobre la felicidad se han centrado en aumentar el índice de felicidad, sin embargo, lo que resulta más lógico es reducir la infelicidad. En los últimos treinta años se han logrado considerables adelantos en el campo de la Programación Neuro-ligüística (PNL) que se enfoca a reinterpretar el proceso en el cuál creamos una imagen mental del mundo externo.

La PNL procura generar un “reencuedre” o reinterpretación de la historia de vida del sujeto para aprender a lidiar con fobias y traumas de eventos pasados, así una persona puede superar su propia historia de vida y generar una síntesis de felicidad que le ayude a superar situaciones que no dependen de él (ella). Seguramente usted, como yo, como todos, hemos realizado predicciones que se convierten en realidad, predicciones negativas que generalmente involucran hacer o no hacer algo y que al volverse realidad sólo confirman nuestra propia negatividad.

Por ejemplo, “mañana tengo una entrevista de trabajo, seguramente no obtendré el trabajo”. Cuándo el sujeto asiste a la entrevista, su actitud en general, su gesticulación, sus ademanes, exhiben una predisposición al fracaso que se percibe alrededor y, naturalmente, lo convierten en el peor candidato para ser contratado, quién querría contratar a alguien que aparenta estar derrotado de antemano. Lo curioso es la paradoja que las profecías “auto-realizadas” traen consigo, al verse derrotado, la certera permanencia en el círculo de la negatividad del que no existe escape hasta que, por algún milagro o mera coincidencia, se obtenga satisfacer el deseo original o un facsímil de éste, reafirmando la tesis de la Dra. Lyubomirsky que establece que el 40% de la felicidad de un individuo está determinado por lo que él o ella hacen.

La PNL se enfoca en “decretar” los aspectos positivos de las situaciones sociales en las que tenemos parte, programándonos así para tener éxito en vez de fracasar. Al generar actitudes positivas que “atraigan” y obtener lo que queremos y ante el prospecto de no hacerlo fomentar el “reencuadre” en síntesis de felicidad que coadyuven a mantener una buena actitud y un índice alto de felicidad.

Prográmese para ser feliz

La felicidad no es un estado de ánimo, es un estilo de vida, si piensa que será feliz cuándo se saque la lotería o cuándo se gradué o cuándo se case o cuándo… vive en el error y en la postergación de la felicidad. Ser feliz es posible, involucra un ejercicio profundamente personal de “querer serlo”, involucra conectarse con otros y ser y sentirse útil, en palabras de William Blake: “…the busy bee knows no sorrow…” (la abeja ocupada no conoce la aflicción).

Nuestro deseo de ser felices sólo es superado por nuestra inhabilidad de serlo, es menester dejar de perseguir la felicidad como un concepto onírico del futuro y ser felices hoy, ahora, en instantes que permiten disfrutar una carcajada, una conversación, una taza de café, un abrazo, una película; si quiere ir más allá el altruismo es una forma real de sentirse bien y de ser feliz, ayude a otro a realizar un proyecto, acérquese a sus amigos, familia o pareja y procure haciéndolos a ellos feliz, verá que casi por casualidad usted es feliz también.

Nuestras vidas están interconectadas en más formas de las que imaginamos, nuestra existencia afecta, positiva y negativamente, a un sin número de seres en distintas e insospechadas formas, no desvalore el poder y la importancia de una sonrisa, una carcajada y de poder ser útil porque,  ser feliz es posible, ¡atrévase!

Y tú ¿eres feliz?, queremos saber qué opinas…

Notas

¹México se encuentra en el número 16 de los países con mayor índice de felicidad en el mundo, según el informe de felicidad de la ONU de 2013.

²Psicologo y escritor estadounidense, es conocido por su trabajo en Psicología Positiva y estudios sobre felicidad, Director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania, US., autor del libro “indefensión aprendida”, ha vinculado sus estudios sobre felicidad humana con depresión y sentimientos de angustia.

³Sonja Lyubomirsky, Profesora de la Universidad de California, autora del “por qué de la felicidad”, sugiere que la felicidad de un individuo depende, hasta en un 50%, del coeficiente de felicidad genéticamente heredado, un punto de arranque de la felicidad individual determinado por los factores del nacimiento. Según Lyubomirsky las circunstancias de una persona determinan sólo el 10% de la felicidad de una persona, tales como el status marital, ganancias económicas, posesiones, etc; mientras que el aspecto (autopercepción) del individuo aporta 10% más de su felicidad, al final entre el 30 y el 40% de la felicidad de una persona están determinados por las actividades que realiza.

4Barry Schwartz, Profesor de Psicología en la Universidad de Dorwin Cartwright, notas sobre Teoría Social y Acción Social, La paradoja de Elegir.

 

Bibliografía

1. Leaf Van Boven and Thomas Gilovich, ―To Do or to Have, That is the Question,‖ Journal of Personality and Social Pyschology 2003: Vol. 85, No. 6, pp: 1193-1202.

2. Mihaly Csikszentmiyalhyi, Flow: The Psychology of Optimal Experience, (New York: Harper Perennial), 1991.

3. William Harbaugh, Urlich Mayr, and DanielBurghart, ―Natural Responses to Taxation and Voluntary Giving Reveal Motives for Charitable Donations,‖ Science, 2007; Sonia Lyubomirsky, Kennon Sheldon, and David Schkade, ―Pursuing Happiness: The Architecture of Sustainable Change,‖ Review of General Psychology, 2005;

4. Peggy Thoits. and Lyndi N. Hewitt, ―Volunteer Work and Well-Being,‖ Journal of Health and Social Behavior,2001;

5. Kathleen McGowan, ―The Hidden Side of Happiness,‖ Psychology Today, 2006

En línea:

http://faculty-gsb.stanford.edu/aaker/pages/documents/ThePsychologyofHappiness.pdf

http://unsdsn.org/wp-content/uploads/2014/02/WorldHappinessReport2013_online.pdf

http://sourcesofinsight.com/synthetic-happiness/

 

 

Por Gerardo Eugenio Alvarado Hierro / Centro Universitario de Educación a Distancia A.C. / www.cuedac.edu.mx

 

Editor CUED

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