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Racionalizar: El arte del autoengaño

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Racionalizar: El arte del autoengaño

La defensa del ego o racionalización es un mecanismo de defensa que todos los seres humanos poseemos, genera una “plausible” forma de argumento que facilita o justifica las acciones realizadas y/o las que dejamos de realizar. Racionalizar justifica cualquier conducta, por moralmente cuestionable que sea, justifica dejar de actuar, sin importar que tan egoísta parezca, justifica pensar y sentir, aunque pensar y sentir de determinada forma no sean políticamente correctos.

Todos los seres humanos estamos provistos de un sentido de “justicia”, lo que a primera vista nos haría naturalmente “buenos”, ¿cierto?… la respuesta es: “no necesariamente”. Los hombres somos capaces de grandes actos de generosidad y bondad, lo mismo que de maldad inconmensurable.

Nacemos como un lienzo en blanco capaz de ser una sublime obra, el primer paradigma que afecta nuestro desarrollo es la familia que nos toca y que influenciará, para bien o mal, nuestro más primitivo sistema de creencias, ideas y valores. No es sorpresa que de hogares disfuncionales venga gente disfuncional, mal adaptada, con resentimiento social y hasta delincuentes.

Valores, ideas y actitudes

Un valor se refiere a la importancia que se le asigna a un objeto o sujeto en virtud de las propiedades o características que lo distinguen. Todos hacemos juicios respecto del valor de las personas en su conjunto, de sus ideas, sus actitudes y sus acciones. Realizamos el mismo juicio para nosotros mismos, de manera subjetiva y basada en nuestro acervo cultural y nuestras experiencias individuales y colectivas.

En términos generales construimos nuestra cosmovisión a partir de nuestras subjetivas apreciaciones de la cultura, la conducta social y nuestra propia conducta. Generamos, entonces, un sistema de creencias personal “ajustado”, al menos, al hecho social como fenómeno cultural y los cánones fundamentales de convivencia.

Con la influencia del medio, siempre presente, en nuestro desarrollo generamos nuevos valores que se erigen sobre la estructura primitiva de valores familiar, dependiendo de la “intensidad” de la lección aprendida será lo fuerte del valor y su intransigencia a otras formas de pensar.

De la intolerancia a la perdida de la amistad

Por ejemplo, tenemos a dos personas que van a un restaurante, ambas son mujeres en sus veintes, Susana y Raquel, al terminar la comida, piden la cuenta, dividen la cuenta por mitad. Después Raquel saca otro billete y pide a Susana la mitad faltante para dejar 15% de propina, Susana se niega y dice “ya pagué la cuenta, yo no dejo limosnas”. Raquel se molesta e inicia un monologo sobre las dificultades del trabajo de los meseros y afirma “sólo ganan lo que los comensales les dejan en propina, es un trabajo muy sacrificado”.

Susana con toda calma contesta “si no reciben un sueldo por sus actividades, entonces son ellos unos tontos o sus patrones esclavistas, ninguno de los cuales es mi problema, si querían cobrarme propina, me habrían planteado desde que entré al restaurante o escrito en el menú que ninguno de los precios incluye propina y que la propina es del tanto por ciento, yo entonces habría decidido si me quedo a comer o no, ¿dime dónde está establecido que debo, por obligación, dejarle una propina al que me trajo mi comida, cuando pude haber caminado, de forma más competente incluso, a la cocina y recogido mi comida yo misma?

En este ejemplo tendríamos que analizar el “background” de cada una de ellas antes de emitir un juicio. Raquel viene de una familia tradicional, su madre había trabajado como mesera para pagarse sus estudios, o al menos esa es la historia oficial, en realidad la mamá de Raquel trabajó sólo unas semanas en algún periodo de su vida como mesera, pero cada ocasión que iban a un restaurante no dejaba de dejar una “generosa” propina y contar la historia de sus días como mesera.

En términos generales el “hábito” de la mamá de Raquel estableció en ella una “tradición”, una idea y un valor, Raquel construyó nuevos valores a partir de las enseñanzas de su madre, por lo tanto perpetuando los “valores familiares”. Raquel genera resistencia e inicia incluso su agresión a partir de la negativa de su amiga a comportarse como ella “sabe” que se tiene que comportar, en términos más formales Raquel experimenta “disonancia cognitiva”.

En el caso de Susana, creció en circunstancias “complicadas” su madre estaba trabajando gran parte del tiempo, sus padres se divorciaron cuando aún era niña y sus experiencias en restaurantes también eran distintas, su padre no dejaba propina pues frecuentaba lugares donde la propina no se estilaba, más aún su padre afirmaba que era lo mismo que dar limosna. Su madre por otro lado decía que le parecía indigno que alguien esperara obtener algo “extra” por hacer su trabajo.

Susana, entonces, construyo sus ideas y valores sobre la base que dejaron en ella sus padres y sus experiencias, al igual que Raquel, la diferencia estriba en el cómo se aborda la misma situación desde dos lados opuestos. En Raquel también se produce disonancia cognitiva.

Las situaciones que generan en nosotros disonancia cognitiva o una sensación de incomodidad dicotómica de ideas, creencias y valores ocurren a diario, todos nos enfrentamos a visiones similares pero divergentes de nuestras propias ideas; el choque de ideas genera debate, discusión y cambio. Cuando la violencia ha sido introducida en algún momento como una solución a una situación de conflicto, la disonancia cognitiva se resolverá así, con gritos, platos volando, golpes, injurias y peor.

Mientras tanto en el Restaurante

Volviendo con las chicas al restaurante, Raquel se apea y dice: “pon lo que tú quieras, yo no dejo propina y ya me voy”. Susana queda muy molesta con su amiga y le grita: “eres una simplona sin clase, tacaña”. El incidente es presenciado por todos los curiosos comensales, después Raquel se sube a su auto y sale a toda prisa del estacionamiento.

La racionalización inicia cuando ambas mujeres han tenido un espacio para calmarse y analizar la situación. Raquel piensa que pudo haber manejado mejor la situación, pero que nunca volvería a salir con una persona así de tacaña y grosera: “no fue la mejor respuesta de mi parte, pero estuvo bien, era grosera no puede ir por la vida pensando que la gente tiene la mano estirada para recibir limosnas, le di una lección”.

Por su parte Susana se fue molesta también y cuando contó la historia a su novio dijo: “Susana se puso como loca en el restaurante, se la pasó moralizándome sobre el trabajo de las meseras y la cantidad que se les debe dar de propina, ¿puedes creer que quería dejarle 30%, porque su mamá fue mesera?

Tanto Susana como Raquel están procesando el incidente y “deconstruyendo” su interacción, ambas quieren tener la razón. Ambas están dejando pequeños detalles fuera de sus relatos, porque ambas quieren poder oír de una tercera persona que tenían razón. Este es el proceso de racionalización, se justifica una forma de pensar, primero, como la “correcta”, después se justifica la forma en la que se actuó como la “correcta”. En los siguientes días al incidente ambas mujeres contarán su versión de los hechos, probablemente en hipérbola, y recibirán retroalimentación de sus interlocutores que sólo confirmará lo que ellas ya saben “tienen razón”.

Lo curioso en este caso es que ambas reconocen algo en su propia conducta que no estuvo bien, Raquel quizá reconoce que no debió presionar a su amiga y Susana quizá reconoce que no es “deshonroso” dejar propina, pero ninguna de ellas reconocerá culpa alguna en su actuar o su lógica, más bien quedará en el olvido porque ellas tienen razón.

Racionalizar impide que un ser humano aprenda de sus errores y crezca, construya nuevos y más sofisticados sistemas de valores y se convierta en un ser “verdaderamente” ético. Racionalizar no es exclusivo de un grupo de personas, una etnicidad, un credo o una nacionalidad. Es un mecanismo de defensa del que nos asimos una vez que hemos agotado otras alternativas, o al menos eso parecería.

Antes de racionalizar nuestra conducta deberíamos considerar relaciones de causa y efecto, en el ejemplo Raquel pretende obligar a su amiga a poner dinero para la propina, la mejor opción para evitar todo este incidente habría sido no presionar a Susana. Del otro lado, si Raquel presionó con dinero, en vez de haber sido cínica y grosera al hablar de limosnas, Susana pudo, simplemente, haber puesto un billete más, para no complicar la situación.

Antes de tener que llegar a la instancia de la racionalización a posteriori al hecho, es menester pensar en las consecuencias de “cerrarnos” a otras ideas u otras personas, todos piensan de forma distinta y aunque tenemos coincidencias en valores, ideas y creencias, la disonancia ocurre en los pequeños detalles.

Para evitar la racionalización

Mantenga una mente abierta a otras formas de pensar, vivir y actuar, comparta, déjese compartir y recuerde que nadie pude tener la razón siempre. Todos tienen derecho a su opinión, un debate no tiene que terminar en un arrebato de gritos, injurias y violencia. Conceder el punto y evitar una situación desagradable es más sano que perder una relación por una nimiedad.

Disonancia Cognitiva

En la cosmovisión de Leon Festinger encontramos referencia a la disonancia cognitiva (cognitive dissonance), una sensación de incomodidad ante la confrontación dicotómica de ideas, creencias, valores y/o reacciones emocionales. Todas las personas desarrollan un sistema de creencias a lo largo de su vida, que se compone de la suma de sus experiencias. Cada uno forma su propia escala de valores basado en esas experiencias

La reproducción de actitudes y conductas basada en la imitación ya sea lógica o extralógica y constituye una parte importante de nuestra personalidad, que Sigmund Freud llamó: ego. El ego tiene que cumplir de forma realista todos nuestros deseos e impulsos cumpliendo al mismo tiempo con nuestra escala de valores. El ego desarrolla intransigencia ante otras opiniones cuando el valor, idea o creencia que representa se encuentra enraizada en el superego a través de la experiencia y ésta hubo sido compleja.

Por ejemplo, una persona que vivió un entrenamiento militar, desarrollará estrictos hábitos de higiene, de conducta, de actividad. Es común encontrarse con exmilitares que aún después de varios años fuera del servicio conservan estos hábitos y no pueden entender como los demás no los tienen. Decía un capitán retirado, “¿cómo pueden despertar después de las ocho?, ya perdieron todo el día”. A diferencia de las personas que viven por su cuenta después de haber vivido con sus padres y que a pesar de conservar algunos hábitos, olvidan gran parte de ellos y construyen nuevos.

Por Gerardo Eugenio Alvarado Hierro

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