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Utopía educativa

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Utopía educativa

El camino a la utopía educativa en México no tiene más sentido que el aumento de horas en la escuela, volver la tediosa educación básica más tediosa y obligar a todos a cursar hasta el bachillerato, cuando los primeros nueve años de instrucción los han privado de cualquier vestigio de creatividad, curiosidad y ganas de estudiar.

Estudiar por estudiar y no hacer nada es lo mismo

La práctica inercial de “estudiar” sin establecer el propósito de estudiar genera apatía en los profesores y los alumnos. El burnout de los educandos y los profesores tiene estrecha relación con el número de horas que pasan “enclaustrados” entre cuatro paredes aprendiendo de la vida en teoría, mediante abstracciones construidas por alguien más, ajeno al paradigma del educando y el profesor.

El argumento legitimador del aumento de horas es “completar” los programas, sin embargo cada fin de ciclo, como por arte de magia, todos los programas han sido completados y queda poco o nada que hacer las últimas semanas de clase. En la infinita sabiduría de la Secretaría de Educación Pública, aumentar una semana al calendario escolar y un par de horas a la jornada escolar es la solución a los problemas educativos del país.

Revisando, cuidadosamente, la carga curricular que se enseña en educación básica en este país, encontramos incongruencias, inconsistencias y simulaciones. Los programas son tan bastos y tan incompatibles con la realidad que se convierten en una forma medieval de tortura.

Educar, no es sinónimo de llenar un cerebro de datos

Educar es, más allá de la moda y la tendencia del momento, encausar la creatividad innata de una persona a la productividad, según sus intereses y aptitudes, y a ser feliz. El modelo educativo parece hacer más énfasis en llenar un cráneo, que al parecer se asume vacío, de ideas abstractas y de teorías que poco o nada tienen que ver con el mundo real.

Después de nueve años de educación básica y de conocer de todo y de nada, en teoría, un adolescente, rebelde, perdido e inquieto quiere darle sentido y profundidad a todo lo que siente, piensa y conoce, la respuesta del sistema educativo es volver a enclaustrarlo y procurar que siga aprendiendo en teoría sobre la vida que un día habrá de comenzar, su propia vida.

Sir Thomas More y su Utopía

Fue el canciller de Enrique VIII, Sir Thomas More, quien en 1516 introdujo el término de utopía en el vocabulario inglés. Una utopía habla de un paradigma tan perfecto que parece inalcanzable, un sistema de orden y valores que da sentido y estructura. More planteaba un modelo de sociedad donde los seres humanos tenían todo cuanto pudieran necesitar y el eje no era una cuestión material, sino espiritual y ética.

El planteamiento educativo de More se encuentra en el Libro II de su obra: Utopía, en el apartado dedicado a las Ciencias, Artes y Ocupaciones, en él, More aborda la necesidad de establecer un sistema educativo incluyente donde todos tuvieran acceso a una educación de lo “útil”, así todos aprendían agricultura, alfarería, carpintería, leer y escribir, etc. More plantea una rotación de personas por distintas estaciones de trabajo, a modo que del contacto con los “maestros”, una persona pueda aprender varias perspectivas y oficios.

More hace especial énfasis en estudiar, trabajar, realizar labores en horarios lógicos, no hacen falta más de tres o cuatro horas de estudio por día, el material se aprovecha mejor, se aprende haciendo y se potencia el desarrollo humano.

El único personaje en la obra de More que no tiene un trabajo físico, per se, es el sifogrante, una especie de auditor que vigila que todos hagan lo que tienen que hacer. El sifogrante es una especie de inspector que ha sido seleccionado por su trayectoria y su servicio al estado para cumplir la tarea más compleja, asegurar el funcionamiento de las instituciones y la educación.

Un sistema de sifograntes

Hablar de una política educativa en México es hablar de dos perspectivas dicotómicas, mutuamente excluyentes: la perspectiva de los poderes de la unión y los poderes fácticos del gremio de “intocables”. Quizá porque los que tienen una idea de “qué hacer” no saben cómo y los que pueden y saben cómo, no saben qué.

La educación en México tuvo su época dorada durante la década de los años veinte, cuando José Vasconcelos recibió la flamante y nueva Secretaría de Educación Pública, él tenía una visión que se parecía a la utopía de More y que se ha difuminado con el tiempo, ha mutado y se ha transformado en moneda de cambio en el juego político, una falsa sensación de seguridad laboral a costa del desarrollo de un país.

Nuevas políticas, la misma receta: más es mejor

En los últimos cuatro años se ha aumentado el número de horas de la jornada escolar, los resultados de esta política deberían dar a los educandos más herramientas para el futuro, aunque en realidad desde las más altas esferas del gobierno, la secretaría de educación pública y las asociaciones de padres, todos entienden que lo único en lo que contribuirá es en tener a los niños encerrados en la escuela más tiempo.

Un aumento en las horas de clase no garantiza que exista más aprovechamiento escolar, no asegura que el educando estará más motivado en su tiempo en la escuela, a menos que se plantee un verdadero cambio en las políticas educativas y la metodología de clase.

Según la OCDE se pierde entre el 25 y 60% del tiempo de clase, todos los días en cuestiones de disciplina y trámites, sin mencionar la única forma palpable de educación, los innecesarios, inútiles y simuladores festivales “conmemorativos”.

Si los profesores y profesoras de este país se tomarán el tiempo de preparar sus clases, más allá de sus libros de texto y lo que se acuerdan, se eliminaría la necesidad de “encerrar” a los niños un par de horas extra. Si se administrará la tarea, se le dosificará adecuadamente no habría necesidad de tronarse los dedos al final del curso y después afirmar que las últimas semanas no queda más por hacer.

La utopía educativa sería un sistema educativo donde sólo aquellos que tienen las aptitudes necesarias para impartir clase lo hicieran. Donde los profesores y los alumnos se presenten motivados a descubrir el mundo más allá de explorar conceptos, constructos y modelos teóricos desde la caverna. Sería una jornada de cuatro o cinco horas donde se cubriría el material “necesario” y útil para la vida real. Donde se potencie la curiosidad y genialidad de un educando sin restricción. Una escuela con las puertas abiertas, dónde se respete la pluralidad, la diversidad y la individualidad.

La escuela del siglo XXI no debería ser igual a una prisión, un hospital psiquiátrico o una línea de ensamblaje, debe ser un espacio para potenciar el desarrollo del ser humano, un espacio abierto dónde se permita criticar, pensar y sentir.

La utopía educativa no tiene porque ser sólo un concepto puede ser una realidad.

Por Gerardo Eugenio Alvarado Hierro / www.cued.mx / Centro Universitario de Educación a Distancia A.C.

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